FRÁGILES.

compartir artículo:

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email

Vivimos un momento delicado. Nadie puede negar que el ser humano está inmerso en niveles de incertidumbre y vulnerabilidad desconocidos para la mayoría de quienes hemos nacido en alguno de los llamados países desarrollados, sobre todo, desde la segunda mitad del siglo XX.

Estamos experimentando la fragilidad, tantas veces ignorada, a unos niveles inimaginables hace apenas un año. Por todas partes parece reinar el desconcierto más absoluto y posiblemente, muchos de nosotros, en lo profundo de nuestro ser, nos sentimos más solos y desamparados que nunca.

Cuando miro a mi alrededor, en medio de este laberinto del que no terminamos de encontrar salida, siento que ha llegado el momento perfecto para deshacernos de la máscara que llevamos puesta, que es hora de extender las manos y mostrarnos tal cual somos, porque, contrariamente a lo que podamos pensar, ello no nos va a traer más vulnerabilidad, sino más limpieza interior. De eso estoy segura.

La mayoría de los seres humanos nos enorgullecemos de nuestra autosuficiencia. Nos gusta ser responsables, nos gusta cuidar de nosotros mismos, porque es una forma de sentirnos seguros y fuertes frente al mundo. Por eso resulta tan desafiante cuando nos encontramos en una situación en la que tenemos que depender de otras personas.  

Puede ocurrirle a cualquiera, como consecuencia de una enfermedad o incluso en el caso de un cambio positivo, como la llegada de un recién nacido, pero, sea como sea, en esos momentos es fundamental que dejemos de sentir que deberíamos poder hacerlo todo por nosotros mismos y que seamos capaces de aceptar la ayuda de los demás.

El primer paso es rendirnos a la situación plenamente, tal como es. Con demasiada frecuencia empeoramos las cosas, ya sea al intentar hacer más de lo que deberíamos o al caer en sentimientos de inutilidad. En ambos casos, corremos el riesgo de prolongar nuestra dependencia. 

Por lo general, el ego empieza por resistirse, pero, en el momento en que conseguimos movernos hacia la aceptación, empezamos a acercarnos a uno de los reinos más profundos del alma. 

Cuando nos dejamos ayudar sin reservas, experimentamos la plena comprensión de que no estamos solos en el mundo. Si bien esto puede hacer surgir nuestra vulnerabilidad, también nos regala la posibilidad de conectar con un profundo sentimiento de gratitud a medida que nos abrimos a la experiencia de recibir ayuda. Si cambiamos el enfoque y vivimos esos momentos desde la humildad y el reconocimiento de nuestra humanidad más sensible, podremos entender lo importante que es estar al servicio, cuando nuestra ayuda se vuelve necesaria para otros.

Se necesita sabiduría y fuerza para entregarnos a nuestra propia impotencia y aceptar que, como cualquier otra persona, tenemos limitaciones. La vida nos pone en estos escenarios para regalarnos una visión más honda, una apertura a la comprensión cada vez más profunda de la experiencia humana que, posiblemente, nos permitirá ser compasivos y entregados con las personas de nuestro entorno.

Y no es cierto que dicha vivencia nos debilite. Como he dicho, es necesario poseer una gran fortaleza interior para reconocer nuestra fragilidad ante el mundo y eso, además de conectarnos profundamente con el otro, hace brotar sentimientos de auténtica compasión, capaces de cambiarlo todo.

Por eso, cuando lo necesites, pide ayuda. Déjate cuidar, déjate querer, quédate con quien te hace bien. Soltar el control reconforta, puede convertirse en algo tremendamente placentero y además, ¿quién sabe…? Igual acabas cayendo en la cuenta de que es cierto eso de que no tienes que hacerlo tú solo.

¿Te imaginas qué pasaría si nos aficionáramos a cuidar unos de otros y a trabajar juntos, por y para todos? Es únicamente un pensamiento en voz alta…

 

Fotos: Pexels.

Deja una respuesta