A lo largo de la vida, muchos de nosotros nos hemos visto en la tesitura de tener que elegir entre seguir el camino que nos marcaba nuestro corazón o tomar la senda que nuestros padres o nuestros cuidadores, siempre para lo que creían nuestro mayor bien, nos han aconsejado o impuesto. Decidir es complicado y el momento vital en el que nos vemos abocados a hacerlo, no es precisamente el más posibilitador.
La adolescencia es una fase de la vida poco apropiada para tomar decisiones transcendentales. Ya con intentar gobernar el cambio físico, mental y energético que provoca es más que suficiente, pero, ahí nos vemos, con el cuerpo y la personalidad a medio hacer y obligándonos a elegir, con tremenda angustia en muchos casos, lo que determinará una buena parte del resto de nuestras vidas y nos sentimos angustiados porque ni tenemos la madurez ni la información suficiente para saber qué es lo acertado. A veces, nos puede más la presión de querer contentar a nuestros padres, intentando cumplir sus sueños o seguir con su legado, que plantearnos la posibilidad de enfocarnos en los nuestros. Y es que existe una necesidad de complacerles que puede resultar tremendamente perniciosa y que está basada en una serie de patrones familiares a los que nunca, nunca, vamos a renunciar.
Me refiero a los llamados “votos de lealtad”. La psicología habla de ellos como de contratos o lealtades familiares que conglomeran el conjunto de creencias, limitaciones, cortapisas e inhibiciones que dominan inconscientemente la visión que tenemos de nosotros mismos y por tanto, nuestro comportamiento.
El voto de lealtad suele ser el “culpable” de que muchas personas se adapten a vivir de una forma que viene determinada por lo que la familia considera correcto o deseable. Así, se “somete” al individuo, provocando que este no se salga del guión preestablecido, con todas las consecuencias que ello puede conllevar: insatisfacción, infelicidad, frustración y profundo dolor.
Heredamos los problemas de nuestro linaje, sus patrones, sus creencias limitantes y lo hacemos por un fin puramente evolutivo. ¿Cómo es posible? Fácil. Con mejor o peor fortuna, todos nacemos en una familia que, ya antes de venir nosotros, tiene una sólida estructura de creencias transmitidas por generaciones anteriores. Creencias, generalmente obsoletas o bastante poco actualizadas, respecto a los cambios que acontecen en la realidad social.
Son estructuras mentales, habitualmente rígidas, que integramos por la necesidad que tenemos de sentirnos aceptados por nuestro clan.
Cosas del cerebro reptiliano y el instinto de supervivencia.
No olvidemos que el cachorro humano es el más desvalido de los mamíferos y necesita, más que ningún otro y durante más tiempo, de la protección de sus padres y de su “manada”. Es por esto que crecemos sin cuestionarnos las circunstancias y los motivos que tienen nuestros familiares cuando eligen una serie de comportamientos que, en ocasiones, no son los más adaptados o evolucionados.
Los problemas de autoestima, la culpa, los miedos, los sentimientos de escasez, el maltrato… todo puede ser aprendido. Repetimos lo que absorbemos y no nos permitimos cambiar lo que nos chirría, porque cuestionar los motivos de nuestros padres y nuestros ancestros, supone algo así como una traición al clan. Hay un miedo evolutivo al rechazo, al destierro. Es algo ancestral que ha dejado una profunda huella en nuestra memoria genética.
Aceptamos todos estos condicionamientos por miedo a perder los cuidados, el amor y la atención, que resultan de vital importancia para nuestro desarrollo y esto es aprovechado de forma inconsciente por el grupo, jugando, manipulando y dirigiendo, según sean los intereses, a través de estas lealtades.
A los recién llegados nos cuesta lo indecible pensar que nuestro núcleo familiar puede tener intenciones que no sean las mejores y somos capaces de normalizar situaciones muy negativas antes de reconocer que alguien de los nuestros obra mal y es que, a veces, la lealtad y la necesidad de apego, nos hacen perder la objetividad y la capacidad de discernimiento, aún siendo adultos.
Así, condicionamos a nuestros hijos en base a nuestros propios anhelos y nuestras expectativas y no somos realmente conscientes del daño que ocasionamos, de la alta toxicidad de nuestro comportamiento, que es capaz de acabar con la plena realización y el cumplimiento de los sueños de nuestros sucesores.
Personalmente, creo que es necesario empezar a prestar más atención a estas lealtades ciegas, porque no nos cuestionamos si son favorables o no. En muchos casos, nos empequeñecemos para no hacer sombra a nuestros padres, para no ser más que ellos ni hacerlo mejor, porque, inconscientemente, creemos que no tenemos ese derecho, que eso marcaría una diferencia, una distancia. Nos posicionaría “por encima” de ellos y ¿quiénes somos nosotros para intentar ser mejores o más exitosos o más ricos o más felices que nuestros padres que nos dieron la vida? Eso sería una deslealtad que, en el fondo, nadie quiere cometer, además de que nuestro inconsciente jamás lo permitiría, empeñado como está en protegernos de cualquier decisión que ponga en peligro nuestra supervivencia.
Aún así, llegado el momento, es importante cuestionarlo todo y desprendernos de toda idea preconcebida que nos resulte cercenante, porque, de otra forma, seremos perpetuadores de las limitaciones y carencias de nuestro clan.
Todos conocemos casos de sagas familiares de médicos, profesores, abogados, etc. que se ven desafiados por un hijo que decide ser artista y que por ello es rechazado, apartado o desheredado o mujeres que han sacrificado su vida y su felicidad para quedarse en casa a cuidar de sus padres, etc.
Nos mimetizamos tanto con las creencias adquiridas a través de nuestro entorno más cercano, que acabamos generando una arquitectura interna en base a ellas y, por tanto, estructuramos nuestros pensamientos y nuestros comportamientos sin cuestionarnos si realmente dichas creencias son las más ecológicas y convenientes para conducirnos por la vida y desarrollar todo nuestro potencial.
Llegados a este punto, la autoobservación se convierte en algo fundamental, ya que es la forma, quizás más directa, de poder desechar los patrones de conducta que resulten negativos para nosotros.
Y es que muchos de los desequilibrios y perturbaciones emocionales y mentales que nos agobian, tienen su origen en esos guiones disfuncionales que hemos aprendido desde nuestro nacimiento o incluso antes, dentro de nuestro entorno familiar.
El cerebro infantil es una esponja y absorbe todas las creencias y los condicionamientos y además, acepta cargar con todas las expectativas de las que pueda ser objeto, lo cual resulta tremendamente dañino cuando estas lealtades familiares resultan cercenantes para nuestro desarrollo mental y emocional.
El resultado de esta continuada impronta es que acabamos dejándonos llevar por las costumbres, por lo que hemos visto en nuestros hogares, validando inconscientemente la forma de actuar de nuestros padres sin cuestionarnos si esos comportamientos son los más favorables para nosotros y si realmente queremos adoptarlos como propios o desecharlos por completo.
Si identificamos estos patrones, nos ahorraremos muchas relaciones disfuncionales, muchas decepciones, muchas frustraciones y desesperanzas, instaladas en nuestra psique, por haber aplicado unas reglas que nos resultan obsoletas e inservibles, por habernos convertido en meros repetidores de lo que hemos aprendido, sin cuestionarnos si eso nos hace felices, si nos sentimos realizados y satisfechos y si queremos cargar con la responsabilidad de transmitir a nuestros hijos esa forma aprendida, que no elegida, de estar en el mundo.
La solución a todo esto, es la identificación de esos programas y creencias, la introspección, la guía y el apoyo terapéutico más adaptado a nuestra situación y nuestras preferencias, ya que, afortunadamente, existen diferentes abordajes con los que se puede profundizar en estas cuestiones.
Estamos en un momento de cambio de estructuras en todos los aspectos y esta revolución va a afectar a todo.
Me parece fantástico y claramente revolucionario prestar atención a estos votos de lealtad para liberar a las futuras generaciones de toda la carga energética que conllevan.
La buena noticia es que, aunque ese voto nunca va a desaparecer, porque está grabado a fuego en nuestra mente, si podemos reelaborarlo, rediseñarlo para que trabaje a nuestro favor y no en nuestra contra, para que resulte posibilitador y no restrictivo.
Podemos adaptar esa información a nuestras necesidades actuales. Hay que tener paciencia y constancia, pero se puede.
Así que os animo a revisar vuestra historia.Empezad a sacar del armario genealógico todo aquello que esté pasado de moda y echadlo al fuego, porque es la mejor manera de salir de ahí, resurgiendo como un Ave Fénix.
Imágenes: esta vez todas son de Pexels y, desde aquí, mi agradecimiento a los autores.