A pesar del intenso frío que hace en mi rincón, hoy he salido a pasear con mi buen amigo Ben, montaña arriba. No hemos subido mucho, porque había nieve y hemos estado zigzagueando entre los pinos, monte a través, como a mi me gusta.
Él, que me conoce bien, sabe que no soy mujer de senderos ajenos. Sabe que prefiero explorar la tierra con mis propios pasos y aventurarme a inventar caminos nuevos, sin intención de dejar un rastro a seguir, sin que me importe que la hierba vuelva a levantarse tras de mí y elimine mis huellas y mi estela. No necesito ser ejemplo de nada. Mi vida solo es mi vida, algo que invento cada mañana, que reconozco como un tesoro y que procuro disfrutar tanto como puedo.
Andábamos entre árboles, enormes piedras graníticas, arbustos, zarzas y nieve y, al hilo de algo que le he comentado, me ha pedido que le defina, en dos palabras, dos “asignaturas” en las que aún se me resista la matrícula de honor.
Creo que se me ha escapado una mirada de sorpresa, porque precisamente ayer reflexionaba yo sobre algo parecido mientras conducía mi coche, de vuelta a casa.
Las dos palabras que me pedía Ben han salido de mi boca sin que apenas haya tenido que mover mis labios. Parecía que estuvieran preparadas, esperando salir a la mínima oportunidad. Directas y concretas.
– “Fragilidad”. “Coherencia”.
– “Desarróllame eso, anda… ”- me ha espetado mi amigo. Todo un aprieto para mí, que de repente me he quedado muda, porque me faltaban ideas, quizás por el talante más instintivo de la cuestión, para reflejar el sentido y las experiencias que apoyaban mi decisión de elegir esas palabras y no otras.
La Fragilidad, mi fragilidad… ¿Qué puedo decir? Forma parte de una especie de bipolaridad que me atrapa de tanto en tanto. Algo enfrentado a mi fortaleza, a mi solidez… Y puedo sentirme de ambas formas casi simultáneamente, siendo frágil para unas cosas y poderosa y firme para otras.
Esa sensación me da la medida de hacia dónde tengo que alumbrar en mi mundo interno, ya que, la sensación de abandono, me hace mirar y preguntarme porqué, qué es lo que me fragiliza, en qué experiencias se apoya esa supuesta fragilidad, o si es solo una creencia que dejo que se instale en mi mente, justificando, en el fondo, una sensación de pereza y de falta de energía para dar el siguiente paso.
Puede que la fragilidad esté apoyando el autosabotaje, ese “cortarnos nuestras propias alas”, un autosacrificio, el acto o la idea de quemarse a lo bonzo con la esperanza de que resucite nuestro Fénix interno de una puñetera vez y para siempre, sin vueltas atrás, sin dolores ni herencias. Intentado pasar inadvertida para la ley del Karma o implorándole un indulto, un respiro, una alegría, un rayo de sol que lo renueve todo y ponga mis contadores a cero.
Coherencia… me conecta a la fidelidad a mí misma, a mis valores, a mi raíz más profunda, a la coordenada a partir de la cual me gobierno, a esos principios irrenunciables a los que acudo y en los que me acurruco cuando hace frío fuera. Ese eje que me vertebra desde el centro de mi columna de hueso y de luz. Una solidez permanente, sin la cual a veces siento que no sería nada.
La coherencia. Esa necesidad de ser fiel a lo que pienso, siento, digo y hago. Un equilibrio por momentos insostenible, porque soy un ser humano con toda su vulnerabilidad, sus contradicciones y sus miedos y, a pesar de eso, sigo manteniendo mi armonía, procurando no dar pasos en falso que me hagan perder pie.
A veces no sé quién soy, pero sé quién quiero llegar a ser. A veces no veo el camino, ni en qué punto del mismo me encuentro, pero sigo mi instinto y a esa coherencia, que quiero mía, para que me lleve a seguir el mejor rumbo para mí.
Así empiezo el año. Cuestionando mis puntos sensibles, acariciándolos, mirando cada cara, cada arista de este complejo prisma que enmarca mis latidos.
¿Y cómo contarle todo esto a Ben…?
Pues aquí estoy, parada delante de él, mirándole fijamente sin verle ni distinguir su contorno, absorta en transformar todo esto que se acelera y se agolpa en mi cabeza en forma de pensamientos y emociones enredados, absorta en ordenar este caos para empezar a tejer un discurso coherente, ligero y comprensible. Mi propio hilo de Ariadna, el que me ayude a salir del laberinto que, por momentos, yo misma soy.
Fotos: Yo.
4 comentarios
Muchas gracias, Rosa me encanto.
Muchas gracias a ti por dedicarle tu tiempo a mi artículo. Un beso.
Sublime, me gustó por su profundidad y su mensaje,
Y gracias porque es una reflexión aplicable a cada uno
De nosotros dentro del mismo contexto o en cualquier
otro que nos afecte, condicione o nos atrape.
Me encantó,muchas gracias
Halaaa!!! Muchas gracias, Pepe! 😘