No sabría decir en qué momento sucede, ni si nos ocurre a la misma edad o si siempre es consecuencia del mismo tipo de experiencias, pero últimamente he estado dándole vueltas a la idea de que, muchos de nosotros, nos pasamos la vida ocultando parte de nuestra identidad, incluso a nosotros mismos.
¿Motivos? Bueno, supongo que así se manifiesta casi siempre el miedo a ver nuestra parte oscura, lo que duele, eso que nos negamos a reconocer a pesar de que nos hace sufrir terriblemente o nos deja cercenados e inoperantes en algunas parcelas de nuestras vidas: en la autovaloración, en el desarrollo profesional, en la capacidad a la hora de mantener relaciones interpersonales o en cualquier otro aspecto. El miedo tiene el poder de volverse líquido y hacer rebosar de parálisis lo que se proponga, si no le ponemos freno. Además, caemos continuamente en el error de pensar que esa parte oscura solo manifiesta lo peor de nosotros cuando es todo lo contrario, porque es precisamente ahí donde se encuentra el potencial para crecer.
Desde mi punto de vista, el miedo es como un buen amigo que se planta ante ti con las manos a la espalda porque esconde un gran regalo. Las mejores experiencias de la vida están justo al otro lado del miedo.
La seguridad a veces se opone al crecimiento y a la evolución y, en este sentido, sería saludable ver qué resistencias tenemos a buscar en nosotros mismos y por qué, cuál es la fuente de nuestro dolor y qué es lo que, en nosotros, vuelve líquido al miedo.
Nuestros lugares más luminosos están compuestos, en parte, de la sabiduría que atesoramos a fuerza de enfrentarnos a todo y salir victoriosos tantas veces. Por ello, estaría bien que nuestro mayor objetivo fuera seguir retándonos a nosotros mismos y ganarnos así el derecho a seguir buceando en lo más profundo para llegar a ser más luz.
Por desgracia, buscamos y acabamos encontrando ventajas en el hecho de no hacer nada con nuestros dones, ventajas en el hecho de no plantarnos ante lo que nos parece una incapacidad cuando nos ponemos frente al espejo y evitamos y decidimos ignorar los desafíos por temor a volver a equivocarnos. Perdemos la fe en nosotros mismos y perdemos la fe en la vida, aun a pesar de haber tenido la experiencia de que, cuando nos jugamos aquella carta, fue precisamente la vida la que siempre nos sostuvo y nos ayudó a crecer.
Esa es la forma más segura de dejar pasar de largo la mano amorosa que estaba esperando para tomar la nuestra y llevarnos suavemente a lo mejor de nosotros mismos, a nuestro más alto vuelo. Eso sí que es un fracaso.
Dicen que crecer duele y yo estoy de acuerdo en parte con eso por lo que ha sido mi propia vida, pero nunca he dado un paso atrás por miedo. Mi estrategia ha sido otra: he cogido al miedo de la mano y lo he llevado conmigo, como a un compañero. Lo he hecho así porque, en el fondo, lo que de verdad he temido siempre, ha sido pensar de mí misma que soy una cobarde, que no tengo el valor suficiente como para tomar lo que sé que está para mí, al alcance de mi mano.
No quiero llegar a mi ancianidad pensando que perdí lo bueno y lo mejor que la vida tenía para regalarme, por no ser capaz de dar un paso adelante cuando mi corazón me lo pedía a gritos. No quiero marcharme de aquí sintiéndome derrotada y con el fracaso escrito en las arrugas de mi frente. Francamente, creo que eso sería lo peor de todo.
En nuestra oscuridad está el potencial de nuestra verdadera transformación, de esa necesaria revolución interna que se encuentra siempre a contraluz. Si decidimos afrontarla, nos mostrará lo bueno, lo bello y lo verdadero que hay en nosotros. Y eso no naufragará en el miedo. Jamás.
8 comentarios
Sublime,Rosa es difícil expresar, como tu lo haces, con acierto y naturalidad, con alegría y dolor eso que nos hace crecer y creer para mejorar el sentido pleno de vivir.
Felicidades
Guau, Pepe Tomás! Jeje… Precioso tu comentario. El artículo me salió del tirón el domingo por la noche y no le quise dar más vueltas y lo solté tal cual. A ver si sigue la racha… Un beso.
Me encanto!! La búsqueda que todos debemos emprender… Cuando mas temprano comencemos mayor tiempo para disfrutar nos.
Muchas gracias, Ada.
Hermoso relato. Yo personalmente siento esos miedos ahora que ya soy grande, con hijos crecidos rodeados de amor, aunque sin lujos. Nietos que rodean mi cuello con sus brazitos llenos de ternura.Mis miedos me quitan el sueño. El no poder verlos todos los días, el nido vacio, el miedo a la soledad, aunque se que no ocurrirá. Refleja fielmente lo que siento.
Hola, Zuly. Ten en cuenta que esos miedos son los típicos de esta fase de la vida, pero no tienes la obligación de cargar con ellos. Es como cuando nos cuentan que la menopausia es algo terrible y luego la pasas sin contratiempos. Vive como tu quieras y no tengas miedo. Cada momento de nuestra vida tiene un por qué y un para qué y no hay uno más importante que otra, lo que ocurre a veces es que nos resulta más fácil vivir para los demás que mirarnos y amarnos a nosotras mismas, porque a eso no nos han enseñado. Un abrazo.
Hola Rosa, comparto tu sentir… llegar al final de mis días satisfecha de haber tenido el coraje de vivir plenamente, de dejar fluir los talentos sin que el miedo a la crítica los censure…
así, con esa sinceridad, te invito a compartir algunas sutiles experiencias que estoy teniendo el coraje de abrir, en el blog de sitarakash. Impulsada por un profundo sentimiento de aportación a este proceso de apertura de conciencia que, entre todos, estamos logrando.
recibe un cordial saludo,
Sitar Akash
Hola, Sitar. Por supuesto que voy a buscar tu blog y voy a leerlo. Cuenta con ello. Gracias por hacermelo saber. Un saludo. Rosa.