Mis amigos, los que mejor me conocen, saben cuánto me gustan los atlas. Recuerdo que, cuando era pequeña, me encantaba hacer mapas en relieve para las clases de Geografía del colegio. El resto de deberes tenían que esperar porque los mapas eran lo primero. Los elaboraba minuciosamente con capas de papel y cartón perfectamente recortados con la silueta de países o continentes enteros.
Quería ser muchas cosas de mayor: guitarrista, pintora, escritora, traductora, bióloga, psicóloga y geógrafa especialista en cartografía, eso para empezar. Luego la vida me llevó por donde quiso y no me quedó más remedio que ir concretando a medida que crecieron conmigo las responsabilidades y las encrucijadas. Viví momentos en los que tomar decisiones se convirtió en mi talón de Aquiles y me sentí paralizada muchas veces por el miedo a equivocarme, a no ser capaz o a morir en el intento, pero sigo ilesa y, aunque a veces siento que he vivido mucho, reconozco que mi necesidad de saber sigue hambrienta. Hace unos días, con mi nueva casa llena de cajas por abrir, me encontré con una en la que, entre otros libros, había un atlas y mi volumen de geografía preferido -no voy a decir cuantos años debe tener-.
Me senté en la alfombra y me puse a ojearlos otra vez. Algunas de las anotaciones que pude releer hablaban de futuros viajes, siempre a la aventura, dispuesta a aprender del mundo. De muchos de ellos ya tengo fotos y otros cobraran vida según el orden marcado, porque la lista sigue siendo larga.
Los mapas, físicos o políticos, están al alcance de cualquiera. En unos encuentras las decisiones que ha tomado la naturaleza para expresar sus necesidades, equilibrar sus fuerzas, dar rienda suelta a sus pasiones o dejarse llevar por sus emociones a través de cascadas y ríos que sirven de sistema circulatorio a la anatomía de nuestro planeta. El otro tipo de mapas, el político, expresa las decisiones, las estrategias o los atropellos de los hombres, empeñados en parcelarlo todo en un intento de sentirse poderosos ante otros cuando, la mayoría de las veces, no son capaces de liderarse a sí mismos.
En cualquier caso, siempre me quedaré con los primeros porque las ciudades nunca han conseguido sorprenderme, al contrario que la naturaleza, que me recuerda quién soy, que me habla a través de las mareas, a través de cada bosque, de cada desierto, de cada estrella.
Ahora que vivo en un lugar rodeada de montañas, de árboles y de vida y dedico parte de mi tiempo a mantener alguna charla con ella, mientras correteamos ambas entre el aire y el frío, la naturaleza me recuerda que tiene sus propias leyes y sus necesidades, que se expresa sola a través de sus ciclos, por todas partes, y que no necesita del ser humano para nada.
Ella, que es un espíritu femenino, al igual que las mujeres está encendida de vida y de creación en todo momento, gesta y nace cada día por todo el planeta con una fuerza que, afortunadamente, no podemos parar, sino que por el contrario, “cuando la naturaleza habla”- me cuenta- “el humano enmudece, baja la cabeza y, algunas veces, llora.”
La naturaleza no es cruel, pero tiene sus normas y, por más que algunos humanos lo intenten, nada ni nadie puede callarla. La Tierra es libre y dueña de sí misma y eso es justo lo que quiero aprender. Esta afirmación última me ha hecho darme cuenta de que, si quiero ser como ella, también necesito mi propio mapa. En este caso, ese mapa tampoco es para mí porque, a estás alturas, tengo bastante claro quien soy y en base a mis valores, personales e inalterables, he construido mis prioridades. El mapa siempre es para otros, para que me conozcan, para que no se confundan, ni se pierdan, ni se consideren mis dueños, ni pretendan manipularme ni utilizarme para después dejarme a un lado y hasta arriba de basura. No, al igual que la Tierra, a eso ya no juego y también, como ella, pido respeto y limpieza a quien quiera venir a pasear conmigo.
Por otra parte, a veces sí que resulta útil tener un mapa para una misma, para establecer objetivos a largo plazo a los que llegar a través de pequeñas metas. Se trata de hacer algo concreto cada día que te ayude a acercarte cada vez más a tu sueño sin que el esfuerzo resulte desmesurado o agotador. Para ello es necesario tener claro lo que se desea conseguir, ser realistas en cuanto a recursos y posibilidades y no retirarse al primer fracaso, porque los va a haber y, posiblemente más de uno, y también posiblemente nos obliguen a parar, a coger fuerzas, a replantearnos todo de nuevo y volver a la carga. La rigidez no es buena compañera a la hora de hacer planes de futuro y tampoco es conveniente olvidar que, a veces, la vida tiene sus propios planes para nosotros, así que, si las cosas no se ponen de cara, si no viene todo fácil, reflexiona un poco sobre si realmente vas en la dirección correcta. Recuerda siempre que lo que te acerca a tu misión en esta vida viene de forma natural, sin dificultades, simplemente se te da porque, cuando estás en sintonía con el propósito de tu alma, la energía se dispone, la vida se abre y todo se va materializando conforme tu caminas.
Reconocerás estos “síntomas” por lo bien que te vas a sentir si te sucede, porque vas a ver la magia operar a tu alrededor, porque los acontecimientos favorables y las personas adecuadas llegarán a tu vida y porque sabrás, sin dudas, que estás en donde tu vida te quiere, y puede que no tengas un mapa a mano en ese momento, pero siempre tendrás en ti la brújula que es tu corazón.
3 comentarios
Te felicito por ese retorno a la naturaleza que tanto querías, Rosa. Y me alegro de que te sientas tan bien siguiendo tu propio camino. Es especialmente hermosa esta frase: “cuando estás en sintonía con el propósito de tu alma, la energía se dispone, la vida se abre y todo se va materializando conforme tú caminas”. Seguiremos trabajando por esa sintonía.
Un abrazo muy fuerte
Muchas gracias, Ana. La verdad es que esta naturaleza que me rodea me está aportando tantas miradas nuevas sobre mí misma y el mundo, que escribir sobre ello se me hace necesario para poder acomodar tanta belleza. Gracias por leerme. 💜
Que bonito escribes, Rosa. Haces sentir con cada frase. Me remueve especialmente la parte final, y solo espero estar lo suficientemente hábil para seguir las coordenadas de la brújula del Corazón. A veces parece que te ves inmersa en un bosque donde todos los árboles son iguales, miras hacia arriba y solo ves sus copas, quizá demasiado tupidas, no ves la luz, ni un trocito de Cielo y es imposible encontrar el modo de salir en otra dirección.
Que importante es ese mapa del que hablas… Mil gracias por estos posts tan hermosos. Te mando un abrazo enorme.